Todos soñamos encontrar una persona que nos quiera, nos complemente, nos entienda, que nos acaricie el alma, que seamos parte importante de su corazón, de su vida. Con inquietudes que nos permitan caminar juntos por esta vida. Un príncipe azul que no destiña.
Pasan los años, distintas etapas, desengaños, desencuentros, mucho dolor y mucho príncipe al que siempre se le va el color.
Cada vez ponemos más barreras, más corazas, más minas alrededor y nos cansamos de poner sal y vinagre para que el príncipe no pierda color. Es más, con nuestro miedo a que nos vuelvan a hacer daño, a volver a sufrir... olvidamos poner el programa de lavado adecuado, el detergente adecuado o quizás nuestro subconsciente, o nuestro inconsciente más consciente, nos hace comparar, poner el detergente inadecuado para forzar que él vuelva a desteñir y así tener una excusa para no volver a enamorarnos y así evitar el dolor.
Príncipes y princesas: que bonitos son los cuentos que nos contaban, que nos cuentan, que nos contamos...
Somos personas, seres humanos, todos iguales con un corazón, una cabeza, un alma; tan distintos en la manera de utilizarlos, de entenderlos, de entendernos.
¿Qué buscamos? La perfección no existe y cuanto antes lo aceptemos, mejor viviremos.
Los príncipes no existen, los hombres con corazón sí: con un corazón que ama, pero a veces amar es sufrir. Sufren los padres con los hijos, sufren los hijos con los padres, sufren los amigos con los amigos, sufren las parejas... pero, quédemonos con la felicidad, con los momentos, muchos momentos de felicidad de padres, hijos, amigos, novios, roces, amigos con roce, roces que se convierten en novios, novios que se asustan al verse llamados así, parejas... da igual lo que sea. Todos somos humanos, todos nos equivocamos, tenemos nuestro punto egoísta y nuestro punto amoroso, en el que ofrecemos nuestro trocito de corazón a la otra persona, a las otras personas... pero cuando las sentimos en nuestro corazón, nos asustamos, recordamos el dolor vivido, viejas heridas se abren porque no cicatrizaron bien y entonces, los sacamos de una patada de ese trocito de corazón, sin derecho a explicación, a intentar entender el por qué de su comportamiento. Sin pensar que, lo mismo que nosotros hemos sufrido, tenemos unas vivencias, unas cicatrices en nuestro corazón... la otra persona ha tenido su vida, tiene su vida, unas cicatrices de sus experiencias, quizás también un miedo a sufrir, a volver a sentir dolor, como se le vuelve a romper el corazón... pero, si dejáramos de lado muchos miedos antiguos y pensáramos sólo en el AHORA, en el VIVIR EL AMOR PRESENTE... olvidando relaciones pasadas, dejando cicatrizar las heridas, dando un voto de confianza al amor, con sus bellas imperfecciones. Por supuesto cuando haya una ilusión, un sentimiento que ese amor merece nuestro tiempo, nuestra dedicación. Cuando sintamos que nuestro corazón late al mismo ritmo que el otro corazón, que vamos caminando y la otra persona camina a nuestro lado y nos es grata y beneficiosa su compañía; que esa persona nos hace crecer, nos llena con su presencia, con sus palabras, con sus silencios... permitámonos SENTIR, VIVIR EL AMOR en su pura esencia.
Sólo así lograremos que cicatricen las heridas, que desaparezcan las corazas, las minas, los miedos y convertiremos a la persona más terrenal en un gran príncipe azul.
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