Hoy cenaba con una buena amiga y me estaba contando que está triste porque su abuelita ya es mayor y no quiere ni pensar el día que ya no esté a su lado... yo la escuchaba e intentaba animarla, no muy positivamente porque lo de animar y ser cariñosa con alguien que no lo está pasando bien, no debía estar de oferta el día que lo repartieron en el más allá para crearme y no lo traje de serie en mis genes... soy un poco bruta para estas cosas!
En fin, a lo que iba, me ha recordado muchas cosas y me ha hecho pensar otras tantas... yo, por desgracia, ya no tengo a mis abuelos: los primeros paternos, ni los conocí, la segunda abuela paterna, "sa de Manacor", se fue hace ya unos años y mis abuelos maternos, se fueron hace 7 y 6 años. Mi abuelo Ramón, se fue tan rápido y yo era tan sumamente idiota y adolescente por aquella época, que no pude despedirme de él, hacerle saber cuánto le quería porque prefería hacer cualquier cosa que ir a ver a mis abuelos y que mi "abue" me contara batallitas... ahora ¡pagaría por escuchar esas batallitas! Me consuelo pensando que ahora sí le deben llegar mis pensamientos porque no hay momento que, por una cosa u otra, no me acuerde de él y le eche mucho de menos. Fue todo tan rápido y yo no supe como actuar. Mi abuela Mari: apenas pude conocerla "en sus cabales". Enfermó de alzheimer cuando yo tenía 5 años y los recuerdos que tengo de ella son de una persona que perdía la cabeza, que nos dejó de conocer, etc... Siempre pensamos que ella nos dejaría primero, al ser mayor que mi abuelo y por su enfermedad degenerativa. No fue así, mi abuela nos dejó diez meses después que muriera mi abuelo. Yo siempre he pensado que, en parte, sí se dió cuenta de la ausencia de mi abuelo, quizás no recordaba quién no estaba cada día a su lado, pero sí que una persona que llevaba muchísimos años junto a ella, de repente ya no estaba más. La "casualidad", esa en la que yo no creo, jejeje... quiso que un día antes de que se durmiera y ya despertara junto a mi abuelo, mi madre y yo pasáramos el día con ella. Es el mejor recuerdo que tenemos las dos. Yo me fui a comprarle heladito porque el dulce la volvía loca de contenta, y merendamos las dos juntitas de una tarrina de helado. Aún muchas veces me viene a la mente su carita de felicidad y doy gracias a Dios que nos dejara estar con ella en esos últimos instantes. Aunque esperábamos la llamada en cualquier momento, fue muy duro levantar el teléfono y oír a Rocío decirme: Elena, la abuela ¡no se despierta!. Cuando llegamos mi madre y yo, intentamos despertarla porque parecía que estaba dormidita... es verdad que muchas veces pensábamos que era mejor así, que para como estaba y la vida que tenía, mejor que descansara... pero, uno nunca se hace a la idea y es duro vivir el momento... se la echa mucho de menos. Lo de mi abuela Isabel, la de Manacor, fue distinto. El día que nos llamaron y nos dijeron que la habían atropellado, uffff... pensé... se acabó. Pero no!! "sa padrina" lo superó, aunque ese día empezó su declive, ya nunca volvió a ser la misma. Pasaron los meses y aumentaban los achaques, hasta que un veintiuno de marzo la ingresaron. No quería que me volviera a pasar los mismo que con mi abuelo, y quería que mi abuela se fuera con todo mi cariño, hacerle saber que la quería y mucho, aprovechar nuestros últimos momentos juntas. Supongo que el haber vivido las otras experiencias, me hizo ver que mi abuela estaba en la recta final de la vida. Así fue, pasados cuatro días, mi abuela descansó y yo me sentí medio-huérfana. Siempre, cuando oigo hablar de abuelitos, me entristezco y digo: quiérelos mucho y disfrútalos porque el día menos pensado desaparecen y ya no hay vuelta atrás. Quizás por eso me dió mucha pena perder a los abuelos de mi ex-pareja al romper con él, porque era una oportunidad de brindar el amor que en su momento no le di a mi abuelo Ramon y en según que momentos a mi abuela Mari.
Yo siento pánico a la muerte, pero más pánico siento a la desaparición de mis seres queridos. Creo que no seré capaz de superarla. Y cuando ves a tus padres que se hacen mayores, en los momentos que discutes con ellos, o que prefieres estar sola a estar con ellos, esos en los que sale a relucir tu vena egoista, de repente te paras a pensar: ¡la vida pasa tan rápido! Treinta años me han pasado de un plumazo, ¿cuánto nos quedará por disfrutar juntos de la vida? Dios quiera que muchos años más porque les quiero con locura, aunque en casa lo de las demostraciones de afecto brillen por su ausencia, y me moriría si les pasara algo. ¿Qué haría yo sin ellos? Me han dado la vida y no tengo nada más, les tengo a ellos.
¿Será verdad que duele el amor?
En fin, a lo que iba, me ha recordado muchas cosas y me ha hecho pensar otras tantas... yo, por desgracia, ya no tengo a mis abuelos: los primeros paternos, ni los conocí, la segunda abuela paterna, "sa de Manacor", se fue hace ya unos años y mis abuelos maternos, se fueron hace 7 y 6 años. Mi abuelo Ramón, se fue tan rápido y yo era tan sumamente idiota y adolescente por aquella época, que no pude despedirme de él, hacerle saber cuánto le quería porque prefería hacer cualquier cosa que ir a ver a mis abuelos y que mi "abue" me contara batallitas... ahora ¡pagaría por escuchar esas batallitas! Me consuelo pensando que ahora sí le deben llegar mis pensamientos porque no hay momento que, por una cosa u otra, no me acuerde de él y le eche mucho de menos. Fue todo tan rápido y yo no supe como actuar. Mi abuela Mari: apenas pude conocerla "en sus cabales". Enfermó de alzheimer cuando yo tenía 5 años y los recuerdos que tengo de ella son de una persona que perdía la cabeza, que nos dejó de conocer, etc... Siempre pensamos que ella nos dejaría primero, al ser mayor que mi abuelo y por su enfermedad degenerativa. No fue así, mi abuela nos dejó diez meses después que muriera mi abuelo. Yo siempre he pensado que, en parte, sí se dió cuenta de la ausencia de mi abuelo, quizás no recordaba quién no estaba cada día a su lado, pero sí que una persona que llevaba muchísimos años junto a ella, de repente ya no estaba más. La "casualidad", esa en la que yo no creo, jejeje... quiso que un día antes de que se durmiera y ya despertara junto a mi abuelo, mi madre y yo pasáramos el día con ella. Es el mejor recuerdo que tenemos las dos. Yo me fui a comprarle heladito porque el dulce la volvía loca de contenta, y merendamos las dos juntitas de una tarrina de helado. Aún muchas veces me viene a la mente su carita de felicidad y doy gracias a Dios que nos dejara estar con ella en esos últimos instantes. Aunque esperábamos la llamada en cualquier momento, fue muy duro levantar el teléfono y oír a Rocío decirme: Elena, la abuela ¡no se despierta!. Cuando llegamos mi madre y yo, intentamos despertarla porque parecía que estaba dormidita... es verdad que muchas veces pensábamos que era mejor así, que para como estaba y la vida que tenía, mejor que descansara... pero, uno nunca se hace a la idea y es duro vivir el momento... se la echa mucho de menos. Lo de mi abuela Isabel, la de Manacor, fue distinto. El día que nos llamaron y nos dijeron que la habían atropellado, uffff... pensé... se acabó. Pero no!! "sa padrina" lo superó, aunque ese día empezó su declive, ya nunca volvió a ser la misma. Pasaron los meses y aumentaban los achaques, hasta que un veintiuno de marzo la ingresaron. No quería que me volviera a pasar los mismo que con mi abuelo, y quería que mi abuela se fuera con todo mi cariño, hacerle saber que la quería y mucho, aprovechar nuestros últimos momentos juntas. Supongo que el haber vivido las otras experiencias, me hizo ver que mi abuela estaba en la recta final de la vida. Así fue, pasados cuatro días, mi abuela descansó y yo me sentí medio-huérfana. Siempre, cuando oigo hablar de abuelitos, me entristezco y digo: quiérelos mucho y disfrútalos porque el día menos pensado desaparecen y ya no hay vuelta atrás. Quizás por eso me dió mucha pena perder a los abuelos de mi ex-pareja al romper con él, porque era una oportunidad de brindar el amor que en su momento no le di a mi abuelo Ramon y en según que momentos a mi abuela Mari.
Yo siento pánico a la muerte, pero más pánico siento a la desaparición de mis seres queridos. Creo que no seré capaz de superarla. Y cuando ves a tus padres que se hacen mayores, en los momentos que discutes con ellos, o que prefieres estar sola a estar con ellos, esos en los que sale a relucir tu vena egoista, de repente te paras a pensar: ¡la vida pasa tan rápido! Treinta años me han pasado de un plumazo, ¿cuánto nos quedará por disfrutar juntos de la vida? Dios quiera que muchos años más porque les quiero con locura, aunque en casa lo de las demostraciones de afecto brillen por su ausencia, y me moriría si les pasara algo. ¿Qué haría yo sin ellos? Me han dado la vida y no tengo nada más, les tengo a ellos.
¿Será verdad que duele el amor?
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